Bienvenidos a este humilde pero sincero espacio. Aquí escribo mis pensamientos más profundos, cosas que me preocupan, algunas vivencias, historias que conozco... lo que me dicta el corazón para compartirlo con otras personas, es una manera de saber que no estamos solos en este mundo virtual y poder hacerlo más real y cercano. Me gusta escribir y me siento bien haciéndolo, ojala estás letras lleguen a ustedes como yo quisiera. Siéntanse libres de comentar lo que deseen. Gracias por estar aquí.

martes, 16 de agosto de 2011

Cuando un hijo nos hiere

Las madres somos la figura determinante en la vida de nuestros hijos, su vida está centrada en nosotros, si les pasa algo bueno lo comparten con nosotras y si les pasa algo malo acuden a nosotras en busca de consuelo, consejo, refugio o explicaciones; nos toman de la mano cuando tienen el corazón roto o nos buscan cuando quieren reír hasta que les duela el estómago… pero tienen que saber y entender que distamos mucho de ser perfectas, también nos equivocamos, sufrimos cuando algo nos hiere y el sufrimiento es doble si la herida viene de la mano de uno de nuestros hijos, porque nuestra vida está centrada en ellos, por ellos damos y sacrificamos todo, cambiamos nuestra figura por una gran barriga, un delineador de ojos por ojeras, noches de rumba por constantes trasnochar cuidando un malestar cualquiera en nuestro bebé, un lindo bolso por una bolsa de pañales y lo único que nos importa es la felicidad, la salud, el bienestar de nuestro retoño y no esperamos a cambio recibir recompensa material alguna sino sólo recibir por parte de ellos amor. Ese mismo amor que le damos cada minuto, cada día, cada año de su vida que pasa a ser la nuestra desde el mismo instante que los traemos al mundo.

La adolescencia es una de las etapas más complicadas en la vida de los humanos, no solo para los adolescentes, sino también para los padres. A veces la rebeldía, la antipatía o el mal comportamiento en general de nuestros hijos adolescentes hacen que entremos en una espiral de conflicto, reproches y tensión en el que cada parte está convencida de tener la razón. El resultado de esta situación suele ser una ruptura en la comunicación, y es importante recuperarla antes de que la falta de comunicación empeore.

Conforme se van haciendo mayores nuestros hijos cuestionan cada vez más las normas y límites que les imponemos, pero lo peor es que cuestionan sin saber (y a veces sin medida) nuestra actitud, sin tener idea del daño que pueden causarnos porque el enfado pasa pero un corazón herido es más difícil de sanar. Nuestros hijos no sólo tienen que aprender la respuesta correcta a una situación dada, sino que tienen que comprender el valor de esa respuesta y esto es algo que muchas veces solo se aprende a través de la experiencia. Es un camino complicado, confuso y difícil, que requiere mucha comprensión por ambas partes.

Los adultos afrontamos los retos con un sentido mucho más desarrollado sobre quiénes somos, cuáles son los valores importantes, qué deseamos y cómo lo conseguimos. Nuestro reto como padres es mantener abiertas las vías de comunicación, trasladar nuestras inquietudes a nuestros hijos, aprender a explicar nuestra postura sin menospreciar la suya, respetarles y conseguir que nos respeten, contar hasta diez antes de gritar... pero nuestros hijos tienen que aprender un viejo dicho “oreja no pasa cabeza” y pueden tener todo el derecho del mundo a recriminarnos algo pero no son quienes para juzgar a quién se lo ha dado y le sigue dando todo hasta la vida, pero sobre todo amor.

Nuestros hijos a veces con simples palabras pueden destrozarnos el alma y no encontramos explicación ni justificación, porque muchas veces no la tiene. Algunos por soberbia o insolencia quieren imponerse a nosotros, gobernar nuestra vida, cuando ni siquiera saben vivir la suya. Se creen muy maduros, muy adultos, con todo el derecho y con toda la verdad en sus manos, cuando lo único que tienen es toda una vida por delante que les enseñará (lamentablemente) a fuerza de golpes (porque nadie escapa de ellos) que nada es en blanco y negro, que existen los matices y que no hay nada que se compare ni se iguale al amor, entrega y dedicación que una madre profesa.

No pueden pretender que seamos el ideal que ellos añoran porque en la realidad quizás ellos tampoco son (aunque sean muy buenos) el ideal que nosotros quisiéramos. La perfección no existe ni en ellos ni en nosotros. Sólo existe y cuenta el cariño que nos damos mutuamente, hasta dónde podemos ser incondicionales unos con otros (madre e hijos), hasta dónde podemos perdonarnos nuestros errores y hasta dónde somos capaces de protegernos.

Podemos hacer algo desacertado, pero ellos antes de tirarnos a la cara algunas estúpidas palabras tienen que asegurarse de que no están equivocados en su apreciación, porque cuando un hijo hiere con sus palabras o con su actitud es una daga que nos están clavando en el corazón, y si es injustificado mucho peor, la herida cuesta que sane… pero sanará, amiga mía, porque tu amor por ella es mucho más grande que tu misma, y ella algún día entenderá cuanto se ha equivocado, porque además de las virtudes que tienes como ser humano (que son muchas) tu eres una mujer grande por ellos, porque la vida te golpeó muy duro y supiste sobreponerte a todo por y para ellos.

No dejes de vivir, tu se lo has dado todo pero también tienes derecho a ser feliz, a sentirte bien… a estas alturas de la vida donde has dedicado los mejores años de tu existencia a pensar y trabajar en pos del futuro y la felicidad de ellos, que ya son adolescentes, tienes todo el derecho del mundo a pensar un poquito en ti y a vivir de acuerdo a tus preceptos.

Lo más importante es que tú das la vida por ellos y ellos por ti, lo demás hay que limarlo en el camino, aunque a veces duela mucho. El amor duele y no por ello deja de ser bello, las rosas son maravillosas y simbolizan el amor pero tienen espinas… así es la vida, un poco injusta a veces… es cierto. Ella se lamentará algún día de lo mucho que hoy te ha lastimado, yo le dije que esa soberbia la perderá el día que ella sea madre y Dios sabe que no quiero (al igual que tu) que ninguno de los hijos que pueda tener la hagan llorar como te ha hecho hoy llorar a ti. La herida sangra mucho por ser tan reciente, pero el amor que ambas se profesan prevalecerá, yo lo sé por que soy testigo de eso.

5 comentarios:

  1. Todo eso que dices es la pura verdad, pero tú sabes que el dolor que mas hiere es el de los hijos, ellos no entenderan lo que hacen las madres por ellos hasta que sean capaces de convertirse en padres.Ojalá mi hija sepa valorar mi amor por ella y que el tiempo sea capaz de limar cualquier aspereza que pueda existir entre ambas.Ojalá algun dia, sienta que mi espacio tambien es suyo y que las dos podemos setirnos a gusto sin renunciar a ningun sentimiento.
    Todo lo que escribes llega al corazon de tus lectores, ojala tambien puediera llegar al corazon de nuestros hijos. Gracias.

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  2. los hijos a vecs son muy injustos con nosotras pero la vida les enseña como tu dices a valorar nuestro amor x ellos, y piden perdon x su conducta y como es lógico los perdonamos pq por mucho q lloremos los amamos demasiado.

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  3. Muy real lo que dices, duele cuando un hijo te hiere y no se acuerdan que existe, cuando traje al mundo a mis hijos, lo hice por amor, sufri todos los dias para que ellos fueran felices pero hoy en dia ni se acuerdan que todabia estoy viva, nada mas una de los tres que tengo, sus excusas no me alcanza el tiempo, jamas les dije a mis hijos o a mi madre que no teneia tiempo para ellos, siempre estuve alli a sus lado aunque trabajara y tenia multiples ocupaciones siempre habia un tiempo para compartir en familia, ahora en la vejes estoy aprendiendo a vivir sola, nada mas al lado de mi esposo, por eso le pido al señor que me lleve antes que a el porque seria triste quedarme sola.....gracias.

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  4. Gracias, leer este artículo me hizo sentir mejor. Ya sé que todas las madres pasamos por la misma situación.

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