Bienvenidos a este humilde pero sincero espacio. Aquí escribo mis pensamientos, cosas que me preocupan, algunas vivencias, historias que conozco... lo que me dicta el corazón para compartirlo con otras personas, es una manera de saber que no estamos solos en este mundo virtual y poder hacerlo más real y cercano. Me gusta escribir y me siento bien haciéndolo, ojala estás letras lleguen a ustedes como yo quisiera. Siéntanse libres de comentar lo que deseen. Gracias por estar aquí.

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miércoles, 13 de junio de 2018

Es un honor ser tu mamá, mi linda princesa


(Esto lo escribí hace unos días pero he estado tan ocupada con la graduación que no lo había publicado pero es algo que me llena de orgullo y que escribí llena de emociones. En este sitio yo he compartido con ustedes alegrías, en ocasiones mucho dolor, otras veces reflexiones y mucho amor. Por eso no podía dejar de compartir este gran acontecimiento con ustedes. Este orgullo tan grande que me invade).

He logrado muchas cosas en la vida, pero en verdad mi mayor logro han sido mis hijos, porque son lo que cualquier madre desearía. Hay hijos que superan en mucho a sus padres y ellos están en esa maravillosa categoría. Hace cuatro años viví momentos muy parecidos a los de hoy, cuando mi hijo mayor se graduó en la Universidad. Hoy mi hija, mi linda princesa, acaba de graduarse también.
Hijita, hoy viene a mi mente el día de tu nacimiento, llegaste para completar la dicha de tu padre, de tu hermanito y la mía. No hay palabras que puedan expresar esa felicidad. Y ahora tampoco tengo palabras para describir la emoción y el orgullo que siento. He sido testigo de todo el sacrificio, el esfuerzo, la voluntad que has tenido a lo largo de estos cinco años para lograr esta extraordinaria realidad de hoy.
Con mi alma convertida en un torrente de emociones, te escribo estas letras para expresarte lo orgullosa que me siento de ti. Siempre supe que serías capaz de alcanzar tus objetivos y de realizar tus sueños, simplemente porque eres inteligente, persistente y resuelta; porque tienes valores y principios que te sirven de base sólida para mantenerte firme, aún, en las circunstancias más difíciles en que te ha puesto a prueba la vida, proporcionándote la maravillosa oportunidad de crecerte como persona.
Fuiste siempre una niña alegre, cariñosa y a veces un poquito mal geniosa, pero eso sabemos de dónde viene. En tus años de adolescente tuvimos algunos encontronazos e incomprensiones y todavía en ocasiones los tenemos, pero es que el camino del adolescente es difícil de transitar y también es difícil la labor de ser madre. Afortunadamente estos años han concluido y ya eres toda una mujer, hermosa, buena, honesta, cariñosa, excelente ser humano y ahora toda una profesional. Eres tal cual como se te ve, pero sin que te falte ese recio carácter que heredaste un poco de mí, solo que lo sabes administrar con mesura.
Has llegado al final de un camino al que no todos llegan, te has dedicado con voluntad y sacrificio y ahora cosechas los buenos frutos de tu esfuerzo. Sé que la vida seguirá corriendo, pero nunca olvides que te quiero mucho y que te apoyaré siempre.
A partir de ahora ya nada será como antes, se acabaron los días de escuela dejas atrás mucho de ti, muchos recuerdos que en los años venideros en ocasiones serán motivo de nostalgia y añoranzas. En esas aulas quedaron atrapados los mejores años de tu vida, años de esfuerzo, de disciplina, de sueños y esperanzas. Hoy, princesita linda, has marcado con esta fecha un cúmulo de experiencias que pasarán al inventario de tus recuerdos, por la complejidad de lo vivido y de lo que has aprendido.
Ni en los momentos más complicados te apartaste de tu sueño, y hoy finalmente se cumplió. Hoy te recibes como profesional y empiezas una nueva etapa que sin dudas será excelente porque te has convertido en una gran mujer. Hoy sales de la Universidad convertida en una joven fuerte, que ha de enfrentar retos difíciles, tentaciones… pero tengo la certeza de que siempre escogerás el buen camino.
Me has llenado de orgullo, me constan todos los esfuerzos realizados por alcanzar la meta. Tantos días de lucha constante tienen ahora su recompensa, felicitaciones por tu graduación mi Licenciada en Cultura Física. Tú misma creaste los caminos para que el triunfo llegara por la puerta grande.
Pero recuerda que todo no termina aquí, al contrario la vida continua y tal vez para llegar a otras metas vengan tiempos difíciles, con aciertos y desaciertos, pero no temas, solo tienes que saber campear esos temporales con sabiduría, paciencia e inteligencia. Ya tienes las armas necesarias para poder aprovechar las oportunidades que te de la vida y seguir superándote como persona.
Decirte que estoy muy feliz y que siento mucho orgullo de verte ya convertida en una joven preparada, juiciosa y segura de ti, es poco. Admiro en ti la constancia, eres cabal en tus opiniones y conceptos. Me alegra haberte visto caminar este sendero que terminas y ver el que apenas comienzas. Yo sé que me he equivocado en muchas cosas en la vida, tu quizás hayas sentido que no siempre fui justa o que no me comporté como hubieses querido, pero ya te dije que no es fácil la tarea de ser madre y a pesar de los errores que yo haya cometido espero estés segura de que en mi andar de madre solo buscaba y deseaba mostrarte el mejor camino y creo que lo logré.
Que se cumplan todos tus sueños y logres todas tus metas, también serán míos. En tu andar como profesional recuerda siempre que “El hombre es su medida”, si piensas en grande serás grande y si grabas en tu mente “yo puedo”, de seguro podrás. Nada es grande si no es bueno y nada es verdadero sino es permanente. Nunca has sido mediocre, ahora menos que nunca puedes serlo. La puerta que se te abre ante ti muestra el camino a tu destino, depende de ti como lo transites, da pasos seguros y con pisadas fuertes, con la plena confianza que estaré a tu lado siguiendo tus huellas y que serán a su vez las que dejes a tus hijos.
Sigue adelante que vas muy bien. Que la alegría y la buena suerte siempre sean un factor constante de ahora en adelante. Una carrera finaliza. La misma te dará un lugar en la sociedad. La instrucción recibida te hará brillar más de una vez. Pero nunca olvides que son nuestros valores, los que siempre nos guiarán a puerto seguro. Por alta que sea tu cumbre que la humildad y el amor por tu familia sean cosas que prevalezcan siempre en tu vida porque ellas te acompañarán aun cuando las cosas vayan mal.
Gracias mi amor por esta felicidad que me das, por el orgullo y admiración que me provocas que de tan grandes no me caben en el cuerpo. Gracias por ser quien eres, un ser humano increíble. Me siento muy, muy orgullosa de ser tu madre, hemos vivido demasiadas situaciones complejas y maravillosas que me dejan ver que eres como siempre supe que serias, una buena hija, hermana, amiga, y un ser humano muy especial. Aprende de los buenos ejemplos, escucha a los demás con atención y respeto… pero siempre atenta, porque como dice el refrán no todas las nubes llevan agua.
Hijita de mi corazón, de más está decirte que alabaré tus éxitos y sufriré si en algo fracasas pero si ocurre estaré ahí para extender mis manos y ayudarte a levantar. Tus responsabilidades serán mayores, por esa razón deberás reflexionar antes de actuar, y siempre medir las consecuencias de tus actos.
Tu logro es nuestro logro. Te amo más allá de todo. Pero la profundidad de mi amor sólo la comprenderás el día en que te comiencen a llamar mamá. Gracias por tu esfuerzo y entusiasmo, por honrar nuestro apoyo y confianza. Estamos muy orgullosos de ti... El mejor regalo que puedes darte hoy y todos los días de tu vida es creer en ti.
No diré nada más, porque seguiría enrollándome en una madeja de palabras, terminaría repitiendo frases trilladas y omitiría otras estrujadas en mi corazón. Solo me resta pedirte que aunque llegues a lo más alto en tu profesión nunca dejes de abrazarme y mimarme como lo haces hoy.
Gracias a Dios por permitirme estar a tu lado y disfrutar de tantos momentos hermosos, que muchos me dejaron simplemente sin palabras, a mí, te imaginas. Yo te admiro mucho mi chiquita. ¡¡Gracias, hijita de mi alma!! Por premiarme con tus logros y con tu amor. Mi adorada niña bonita siente siempre el calor de mi abrazo y mis besos llenos de orgullo. Es un honor ser tu mamá, mi linda princesa.
Con todo mi corazón, Te amo. Mamá.




martes, 8 de mayo de 2018

UNA MUJER QUE GRITA ¡SOCORRO!


Hace unos meses me encontré con una amiga que hacía varios años no veía. Después del saludo y la alegría de volvernos a encontrar nos sentamos a conversar. Todo fluyo normal, con las clásicas preguntas de ¿cómo te ha ido?, ¿qué hacen los muchachos?, ¿y tu marido?… Nosotras siempre nos llevamos bien y confiábamos una en la otra, por lo que nos contábamos muchas cosas, y eso a pesar del tiempo no cambió, porque después de un rato hablando, muy apesadumbrada me dijo que no estaba conforme con su vida, que ya no se reconocía. Eso me preocupó y mientras siguió hablando la observé detenidamente y realmente no parecía la misma persona. Continuamos conversando y me dijo que estaba aplastada por la rutina del día a día. Que ella toda la vida se había levantado con una sonrisa y prometiéndose que el día sería mejor que el anterior y que ya no sabe desde cuándo no es así.
Yo me sentía consternada por lo que estaba escuchando. Cabizbaja continuó diciendo que con sus 48 años se siente de 90, que dejó de luchar por sus sueños hace años, que no recuerda ni siquiera en qué momento ocurrió. Que en los últimos años siempre ha estado desesperada por el tiempo porque no le alcanza para todo lo que tiene que hacer y por eso comenzó a dejar de hacer cosas que le gustaban. Primero dejó de ir a la peluquería, después dejó de hacer ejercicios, dice que no sabe qué tiempo hace que no se sienta a leer un libro (algo que le apasionaba), también dejó de reunirse con sus amigas para charlar, pasear o simplemente beberse una cerveza entre risas, en fin, dejó de hacer innumerables cosas que le encantaban y le daban felicidad. El dinero lo emplea solo en las cosas de la casa y en los eventos familiares, y todo su tiempo también.
Yo no pude escuchar más. Perdí la paciencia, me levanté y le dije casi a gritos “¡Qué te pasa! Porque de vez en cuando te tomes un tiempo para ti, para hacer lo que te gusta, para reunirte con tus amigas, para leer un libro, para lo que se te ocurra no significa que los desatiendes ni que los quieres menos, y la casa tampoco puede llevarse todo tu tiempo porque le saques un poco el pie no se va a venir abajo. Tus hijos y tu marido tienen que entenderlo, ellos saben que los amas más que a nada y abusan, pero ¿cómo te pueden valorar si tú no te valoras a ti misma?”
Callé de repente temiendo haber lastimado sus sentimientos, pero con la certeza de que había dicho lo que debía. La rabia me roía por dentro. Hace muchos años la conozco y es cierto que no es la sombra de lo que era antes. Es cierto que con la adultez vienen también otras obligaciones, el trabajo, la casa, los hijos. Queremos cumplir con todo y lo hacemos. El trabajo porque es nuestra realización personal o simplemente por razones económicas y la familia porque es tan importante en nuestra vida y los queremos tanto que nos parece poco todo lo que hacemos por ellos.
A nosotras se nos va la mano en facilitarles la vida. Queremos darles tanto y que no pasen trabajo que en nuestro día a día solo empieza a haber espacio para sus necesidades y vamos dejando de lado las nuestras. Los hijos comienzan a abusar y se vuelven egoístas, sólo les importa lo que quieren y necesitan. Dejan de valorar a esa persona que les dio la vida y que está dispuesta a sacrificarlo todo por ellos. Y con la pareja pasa lo mismo, como también está inmersa en su trabajo lo único que le preocupa es llegar a casa y que todo esté en orden y que los muchachos tengan todo lo que necesitan. También se le olvida que la persona que trabaja, limpia, lava, cocina, cuida de los hijos, atiende las tareas, en fin, esa persona que les hace la vida cómoda y llevadera, tiene derecho a tener un poquito de tiempo para ella. Y no se dan cuenta cómo se va marchitando a su lado, que ya no es la misma persona de la que se enamoró sencillamente porque ya no tiene vida propia vive en función de toda la familia.
Pasó un largo rato sin que ninguna de las dos dijera una palabra.
Luego continuó diciendo que yo tenía razón que ya no la consideraban y que ella misma se lo había buscado. Que su marido muchas veces ni se molestaba en decirle que tenía una reunión y que iba a llegar un poco más tarde. Que su hijo de 14 años no la obedecía; el de 18 años decía que era ridícula y que la hija de 16 años sólo la busca cuando necesitaba algo. Todo el tiempo eran solicitudes de sus deseos y quejas de lo que no había podido hacer. Que ya ella no podía más porque no reconocía en ella a la mujer que siempre fue llena de sueños, de ilusiones, alegre… Ya no era la que sonreía sin razón, que contaba chistes para hacer reír a los demás, que todo el día cantaba aunque no tuviera talento, que hablaba sin miedo, que se sentía hermosa, feliz, que compartía con sus amigas, que se pasaba horas leyendo un buen libro… sus alegría y momentos de felicidad ahora se habían suscrito sólo a los momentos en que ellos eran felices y se sentían complacidos. Que ninguno de ellos notaba que allí había una mujer que en su interior gritaba: ¡Socorro!
Ambas volvimos a quedar en silencio. Al rato le dije que ella tenía que cambiar y reconsiderar algunas cosas porque de la manera en que estaba no era feliz. Y para poder seguir amando a su familia y dedicándole su vida, lo primero que necesitaba era sentirse bien consigo misma, volver a ser una mujer feliz, sin sentirse presionada por todo y por todos. Estuvo de acuerdo y me dijo que iba a cambiar algunas cosas en su vida, que ya lo había decidido porque ella amaba a su familia pero no podía seguir sin existir.
Ha pasado algún tiempo, hemos hablado en ocasiones por teléfono y hace una semana la volví a ver y les juro que la mujer que vi ante mí era muy diferente a la de aquel día. Había un brillo distinto en sus ojos, solo me abrazo y me dijo que ahora era muy feliz, que su trabajo le costó pero que al final todos entendieron que necesitaban cooperar en la casa para que ella pudiera tener un tiempo para ella. Y que desde entonces todo funciona sobre ruedas ella ha vuelto a la peluquería, a hacer ejercicios en casa, a pasar el domingo unas horas con sus amigas, a tomarse unas horas para leer un libro…
Amigas, si se han visto reflejadas en estas líneas, mírense en un espejo y díganse a sí mismas a quien ven. Si de pronto se encuentran añorando a la mujer que fueron antes y sienten que la fueron sepultando lentamente, simplemente pregúntense: ¿Les gusta esta mujer que ven o añoran volver a ser la que eran antes? Nunca es tarde para cambiar; tarde sería si mueres.
Cuando formamos una familia, nos adentramos a un mundo lleno de responsabilidades. La pareja, los hijos... El gato, el perro... La casa, las compras, el trabajo, la limpieza, las camas bien tendidas, el orden... Podemos ocuparnos de todo, pero entre una cosa y la otra también dedicarnos un tiempo para nosotras. Está bien ser mujeres responsables, pero no en exceso. Al menos no tanto que nos acabemos perdiendo nosotras mismas. Recuerda que te olvidas de ti misma cuando todo el mundo es más importante que tú: “no importa qué necesites, qué desees, qué quieras, los demás están primero”.
A veces nos convertimos en una mujer que se mueve con amor, con sensibilidad, con vocación, pero que dejó lentamente que todo la supere; y se quedó allí, en ese lugar, viendo pasar la vida de los otros, que se olvidó de sí misma. Y lo más triste es que los que amamos y por quien lo hacemos y sacrificamos todo, ni siquiera lo notan.
Reconocemos que ya no somos las mismas y añoramos a esa mujer que perdía horas arreglándose el cabello y que usaba mascarillas para lucir espléndidas, maquillajes intensos que mostraban a una mujer sensual y atractiva, escotes, pantalones ceñidos, tacones que endurecían nuestras piernas al andar... pero de pronto un día nos encontramos recordando a aquella mujer y sentimos que la fuimos sepultando lentamente. Presenciamos su lenta agonía y no hicimos nada para revivirla.
Tenemos que traer de vuelta a esa mujer y hacer que diga: ¡¡Presente!! Todos los días. Que haga sentir que ella importa y eso no significa ser egoísta... Intentemos recuperar a esa mujer bella que nos hacía sentir seguras, desterremos las culpas y si el desayuno, el almuerzo, la merienda o la cena se demoran un poquito porque estamos poniéndonos lindas, pensemos que ese cuidado de nosotras mismas, esa dedicación, ese amor serán la medicina mágica que hará que nuestra autoestima crezca. Si nuestra autoestima no está bien, nada está bien en nuestra vida, y por ello dejamos que otros nos desvaloricen o nos desprecien.
Para amar a los demás, primero tienes que amarte a ti misma, nuestra persona refleja quienes somos y no depende si tengo un vestido caro o el pantalón de moda, la verdadera esencia se trasmite desde nuestra alma... de hoy en adelante te invito a quererte un poco más, tomate unos minutos para ti, ¡TE LO MERECES!!!... Haz lo que te gusta, lo que te motiva, lo que te hace feliz y de esa manera te levantaras con más ánimo, con más ganas, con una sonrisa cálida, con ilusiones como antes...
A partir de hoy, todos los días párate ante un espejo y di: Sí… Tengo otro amor que me llena completamente… Y ese amor soy yo.
Amigas nunca olviden que nadie nos amará ni nos valorará, si no nos amamos y valoramos nosotras mismas. Esa familia a la que tanto amamos y que le damos lo mejor de nosotras, nos verá con otros ojos, nos considerará y respetará más cuando vea que además de atenderlos y cuidarlos también somos capaces de tener nuestro propio espacio.
Dejarán su egoísmo para valorarnos y amarnos mucho más. Y solo entonces seremos verdaderamente felices y capaces de dar más amor.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Madrecita de mi alma, estés donde estés...



Hay situaciones en las que la tristeza abarca nuestro corazón, momentos difíciles en nuestras vidas, que no encontramos consuelo en nada que hacemos.
Mamita hoy hace cinco meses que no estas a mi lado. Estos meses han sido difíciles, de mucho dolor, de un infinito dolor que se esconde pero no se va. Cuando recibí la noticia de tu muerte me quedé como paralizada, sentía un dolor tan fuerte que apenas podía respirar, lo único que pude hacer fue abrazarme a mi hija y llorar... llorar sin consuelo.
Los años de tu enfermedad fueron muy duros... pero al menos tenía tu mirada perdida y tu sonrisa vacía. Hoy no tengo nada, solo dolor. Poco a poco esa maldita enfermedad, el Alzheimer, te arrancó de mi lado. Tus lindos ojos hacía años que ya no me veían a mí, a tu hija, esos ojos me miraban como si fuera cualquier otra persona pero al menos me miraban. Hoy ni eso hacen. Las horas mirándote me llenaban de un dolor tan intenso que no puedo describir, porque ya me sentía perdida al saberte perdida a ti. Y en la recta final me dolía hasta mirarte, el dolor era tan intenso que no podía soportarlo.
Durante años te estuve llorando en silencio porque ya no te tenía, ya estabas ausente, no podía conversar contigo, ni reírme como lo hacíamos tantas veces. Eso me costó muchas lágrimas porque no me conformaba con esa perdida. Pero ahora sí te he perdido definitivamente y juro por Dios que al irte de este mundo mi corazón y mi ser quedaron hechos añicos, sin la esperanza de que un día vuelvan a juntarse las piezas.
Durante estos meses la tristeza me ha embriagado y me ha absorbido totalmente. He mantenido una calma que no tengo, una apariencia tranquila... pero en el fondo de mi corazón el dolor me ha estado destrozando. Desde tu muerte ni siquiera escribir, me alivia, eso que es algo que siempre me ha ayudado en momentos difíciles o tristes. Mamita esa eterna madrugada algo se me fue contigo, prendido en las alas de tu alma…
Aquel vacío que sentía en los últimos años de tu enfermedad, no se compara con este que siento ahora. Nada es comparado con este dolor. Tu vida fue mi vida ese punto de llegada y de partida… y serás mientras yo viva el amor que no se olvida. Dicen que vivir en el corazón de quienes te quieren es no morir. Entonces tú no has muerto porque vives en mí todo el tiempo, estás conmigo, en mis sueños, en mi mente y en mi alma… así que aún te tengo. Siempre estuve orgullosa de ti, tu ADN es un privilegio. Si volviera a nacer te volvería a elegir a ti...
Ahora solo tengo recuerdos grabados en mi mente y en mi corazón. Extraño tus cuentos, tu risa… vivo de recuerdos, con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta… revivo, nuevamente hasta los detalles más simples que te hacían feliz. Sé que tengo que seguir y que además es lo que tú quisieras pero sin ti me siento vacía. Siempre te guardaré en mi corazón y recordaré todos los momentos felices que viví a su lado.
Nada va a hacer que vuelvas y sé que es así, pero me falta algo, un vacío que nadie puede llenar. Te extrañaré cada momento de cada día y te doy gracias por haber sido una increíble madre, mujer y modelo a seguir para tantas personas. Todavía hay noches en las que lloro y lloro hasta quedarme dormida. Otras veces procuro no centrarme en tu ausencia, sino en lo que me queda por delante, por luchar, por vivir.
Mamita, fuiste nuestro eje, nuestra protectora y ahora eres nuestro ángel. Físicamente ya no estás, pero sigues aquí, en cada fibra de mi cuerpo. Madrecita de mi alma, estés donde estés... mi eterno amor estará contigo. Gracias por hacerme la persona que soy hoy. Sé que desde el cielo me cuidas y me proteges, no sabes la falta que me haces pero tengo que seguir adelante como tú me enseñaste, gracias a ti he logrado y seguiré logrando muchas cosas que me he propuesto, gracias por siempre cuidarme de cualquier mal.
Hasta siempre Mamita bella. Descansa en paz. Gracias por ser mi mamá. Te extraño infinitamente y te amo desde lo más profundo de mi alma por toda la eternidad.




miércoles, 16 de noviembre de 2016

Hijo, el único ser que se ama más que a uno mismo

Desde el momento de la concepción de un hijo llegan las preocupaciones. Con el paso del tiempo, éstas se transforman, ajustándose a cada etapa de sus vidas. Una vez leí la frase: “uno no sabe qué es el miedo hasta que tiene un hijo”. ¡Y qué verdad más grande! Es un miedo que se te mete en el cuerpo, que casi te paraliza la respiración sólo de imaginar tantas cosas. Pero también es verdad que cuando nace un hijo es que conocemos la satisfacción plena, el orgullo, la ternura, el amor sin límites… Supongo que por eso muchas repetimos, ¿no?
Todos los momentos de la vida de nuestros hijos son de invaluable importancia. Por eso, es necesario crecer con ellos, porque a ser padre nadie aprende antes de serlo. No hay cartilla, ni manual que te iluminen al respecto; tan solo las experiencias de otros, los valores heredados de nuestros padres y el incalculable amor que despierta en nuestro ser ese hijo.
Sin embargo, por muy juntos que estemos ellos crecen independientes de nosotros, como árboles murmurantes y pájaros imprudentes. Crecen sin pedir permiso a la vida, con una estridencia alegre y, a veces, con alardeada arrogancia. Pero no crecen todos los días, de igual manera, crecen de repente. Un día se sientan cerca de ti en la terraza y te dicen una frase con tal naturalidad que sientes que no puedes ponerle más pañales. Crecen en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil.
Yo he criado a mis dos hijos, por eso sé muy bien lo difícil que es criar niños pequeños. Y como lo sé, les digo que a veces está bien llorar, gritar de desesperación, desmoronarse a las 5 de la tarde cuando tus hijos te están empujando a todos tus límites. Y entonces, hay que respirar, esconderse en el baño unos instantes si es necesario y reírse de la locura que es nuestra vida. Y después acariciarlo, besarlo… porque eso nos dará momentos de felicidad en ese día, que de otra forma solo sería loco y caótico.
Quisiera que todos los padres de familia entendieran que la infancia de nuestros hijos es muy corta y valiosa. El tiempo que puedan pasar con ellos, cuidarlos, alegrarse, abrazarse, escuchar y ser sus protectores es corto. Ser madre puede llegar a ser un dolor de cabeza, pero un dolor que vale la pena, cuando ves la recompensa. Lo sé por experiencia propia, porque vivo orgullosa de mis hijos y no me importa todo lo que he luchado para llegar hasta aquí, ni me importan los inconvenientes ni obstáculos que he tenido que pasar.
Lo más difícil y doloroso no es el parto como muchos piensan. Ese simplemente es el comienzo de nuestra vulnerabilidad porque el dolor y el miedo nos traspasan cada vez que se enferman y los vemos indefensos, en peligro… rogamos y esperamos con desesperación que las medicinas hagan efecto lo antes posible… Y ni qué decir cuando estamos lejos de ellos, si estamos fuera de casa, en el trabajo, en una reunión o en una fiesta, a cada instante nos vienen a la mente y pensamos “qué estarán haciendo”, “estarán bien”, “diablos, estoy loca por irme a casa”… y ahí es donde tenemos que endurecer el corazón para no abandonarlo todo y salir corriendo junto a nuestros críos para asegurarnos que no corren ningún peligro… porque si no lo hacemos nos sería imposible trabajar, estudiar, divertirnos, en fin, vivir.
Y cuando crecen… no dejamos de preocuparnos, todo lo contrario las preocupaciones son mayores porque ya están fuera de nuestro círculo protector y entonces suplicamos a Dios todos los días que no les pase nada malo, que sepan tomar las decisiones correctas, que en sus estudios o trabajos salgan adelante y puedan labrarse un futuro merecedor de personas honestas y dignas, que encuentren un amor sincero que los llene de felicidad… Y si escuchas que algo malo pasó, un accidente o cualquier tipo de tragedia, entras en pánico pensando si por casualidad estaban allí. En fin, todos esos miedos superan a cualquier otro. Tener hijos nos cambia la vida totalmente, las heridas del parto sanan pero convertirnos en madre nos abre una herida sentimental tan grande que nos convierte en seres vulnerables para siempre.
Los hijos crecen. ¡Y crecen rápido! Van y vienen; cambian de amigos, de novios, de gustos e intereses. Usan el cabello largo, corto, rubio, negro; ropa formal, informal, grande, más estrecha; accesorios, perfumes; prueban dietas, cosméticos; trabajos, estudios. Siempre se están moviendo. Y tú eres la que los mira mientras ellos despliegan sus alas. Agazapada, en una esquina de la casa, ves como la vida los saca puertas hacia fuera.
Maldita sea, el tiempo pasa muy rápido. La infancia de mis hijos yo la disfruté con ellos a pesar de los trabajos y problemas que siempre lleva esa etapa consigo. Pero añoro esos tiempos. Sus días de infancia se han escapado de mis manos demasiado rápido y en muchas ocasiones, me sorprendo extrañando sus juegos, sus risas, sus pataletas, los juguetes regados y la falta de sueño, y esto hace que entre en pánico.
¿En qué momento pasó tanto tiempo? Parece que fue ayer cuando jugaba con ellos en el piso, los ayudaba con sus tareas mientras cocinaba, colgaba sus ropas, recogía sus cuartos llenos de juguetes por doquier… un parpadeo y ahora son ellos quienes recogen sus cuartos, hacen sus tareas sin pedir ayuda, cocinan y hasta se lavan sus ropas, y en ocasiones las mías. Parece como una película que he visto muy deprisa.
Crecen tan rápido que sin darte cuenta de repente estás allí, en la puerta de la discoteca, esperando que él o ella no sólo crezca, sino aparezca. Pasó el tiempo del piano, el baile, el inglés, la natación y el karate. Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas. Se van a vivir con sus parejas o fuera del país. Buscan mejores horizontes en dónde extender sus alas, alcanzar sus sueños, proyectarse, construir sus propias familias, desarrollarse profesionalmente. Llega el momento en que sólo nos resta quedar mirando desde lejos y rezando mucho (si habíamos olvidado cómo hacerlo lo recordamos y si no sabíamos del tiro aprendemos) para que escojan bien en la búsqueda de la felicidad, y que la conquisten del modo más completo posible.
Cada mañana mientras me baño acaricio la cicatriz que me dejaron las cesáreas y sonrío de satisfacción, comprendo que a partir de ese instante ¡sí! estoy completa. Mi cuerpo pasó de ser un modelo de lujo a una maquinaria perfecta creadora de vida. Aprendí a quererme a otro nivel. Reconozco que ser madre no es nada fácil pero decididamente es maravilloso.
Mis “bebés” han crecido demasiado rápido, mi hijo mayor ya terminó la universidad y trabaja; mi hija esta en cuarto año de su carrera, con un parpadeo ya será otra profesional. Hoy sé que he realizado una buena labor como madre, aunque he tenido aciertos y desaciertos como le ocurre a todas, pero el resultado me dice que lo he hecho bien.
Por un hijo se ríe y se llora, se ama y se odia, se mueve el mundo e incluso se mata… porque un hijo es el único ser que se ama más que a uno mismo. Es increíble, como los hijos son nuestra mayor fortaleza y al mismo tiempo nuestra mayor debilidad. Por ellos enfrentamos al mundo y sin ellos el mundo no existe.
Mis hijos son mi vida, mi orgullo, mi sol, mi risa, mis ganas de despertar cada día… a pesar de los miedos que sufro por ellos.

jueves, 12 de mayo de 2016

El dolor me rebasa

Llevo muchos días apesadumbrada, y hoy mirándome al espejo me dije: ¿Que fue de esa mujer que reía feliz y hoy tiene tanta pena en el alma? Ya no sé dónde está esa mujer, ya casi nunca la encuentro, el dolor y el pesar me superan. Mi niña interior esta golpeada y herida en lo más profundo de su ser. Me levanto cada día intentando ser mejor y olvidar un poco el sufrimiento en el que me he ido viendo inmersa con la enfermedad de mi madre. Cuando creo que lo estoy logrando algo peor ocurre y el dolor vuelve implacable y golpea fuertemente en las puertas de mi corazón. La mirada perdida y la sonrisa vacía de mi madre me han quitado la paz y me están quitando las fuerzas, es muy grande el sufrimiento de verla así.
A veces me quedo observándola y conteniendo las lágrimas observo su cuerpo deteriorado más de lo normal, más de lo que hace el paso de los años… miro sus manos, esas manitas… las mismas que me acariciaban... las que me mecían, las que me abrigaban... las que cocinaban la mejor comida… y las que arreglaban mi ropa estropeada... hoy se mueven sin control y golpean cualquier estructura… ya no recorren mi rostro y observo sus ojos, esos ojos lindos, esos ojos puros que estaban llenos de esperanzas y amor… ahora ya no me ven…
Ya no me ve, no me conoce… La tengo conmigo y sin embargo la sensación de orfandad no me abandona. Sólo me resta seguir luchando mientras mis fuerzas me lo permitan y seguirme sosteniendo en sus consejos y en el recuerdo de esas manos que antaño me guiaron por la vida.
Ya no sé qué hacer y sin embargo estoy convencida de que tengo que salir “a flote” como decimos los cubanos para poder seguir adelante. No sé si la mujer que fui volverá algún día a poblar este cuerpo de alegría, si mi niña interior renacerá. No sé si la paz volverá a anclarse en mi corazón dolido y esa mueca que a veces hago con mis labios se tornará nuevamente en una verdadera sonrisa.

viernes, 12 de septiembre de 2014

El amor: La disculpa de mamá



Si una madre publicara los silencios que ha guardado, se volverían santos los hijos al escucharlos.
Alicia Beatriz Angélica Araujo

Una madre ama siempre y lo único que pide a cambio es amor. Una madre no se pregunta el tiempo que va a estar con sus hijos, si será mucho o poco, simplemente valora cada momento que pasa con ellos y lo guarda en su memoria por siempre.
Todos estos días he estado pensando y meditando sobre la alegría en nuestras vidas. Todo el mundo e inclusive yo misma, manifiesto en que debemos ser positivos y alegres. Pero en nuestros hijos muchas veces vemos un halo de tristeza por lo que no son o tienen (materialmente hablando). Y ese halo de tristeza nos duele.
La vida de una madre esta llena de amor pero también de dolor… dolor, al saber desde el mismo instante en que los carga en sus brazos, que algún día se irán y la dejarán porque tienen que hacer su vida y que en el trayecto sufrirán. Y una madre sufre cuando ve a sus hijos tropezar por la vida y no puede hacer nada, pues sus hijos son “mayores y saben lo que hacen”.
Todos saben que tengo dos hijos (18 y 24 años) y a veces me preocupo cuando los veo callados o malhumorados y me pregunto ¿Dios como puedo ayudarlo? ¿Que pasará por su mente que no me dice? ¿Como puedo ver un poco de alegría en su rostro?
La mayoría de las mujeres que tenemos la fortuna de ser madres solemos desear siempre para la familia lo mejor: que sea feliz, que siempre esté unida, que tenga salud, educación… En pocas palabras, podemos decir que una madre se realiza a través de su familia.
Cuando los hijos asumen alguna actitud ausente de alegría, sin duda nosotros los padres, sobre todo las madres nos sentimos mal y llegamos a dudar hasta desde nuestra forma de actuar. Cuando pasan estas cosas ¿porque tenemos que sentir todo el tiempo que lo estamos haciendo mal? Ojala de verdad existiera un manual para criar a los hijos, para en esos momentos en que nos sentimos tan inútiles y aportando tan poco a esa alegría, tomarlo y que nos sirva de guía.
Dicen que cada niño y adolescente es una caja de pandora. Como todo ser humano. Sin embargo, el dolor de una madre es mayor cuando sus hijos rechazan su ayuda, cuando la rechazan a ella después de haberlos cuidado tantos años… desprecian sus opiniones, no le hacen caso. A veces pienso ¿pero no pasamos nosotros por lo mismo cuando teníamos su edad?, pero no siempre es el caso. ¿O será que no quiero en el fondo que ellos tomen las mismas malas decisiones que a veces llegué a tomar? No lo sé, entonces trato de ponerme en su lugar y ¡PUM! explota en mi cara, esa personalidad. Mi personalidad. Bueno, bien dicen que los hijos son nuestro reflejo. Y nosotros nos repetimos una y otra vez: "No quiero que mis hijos pasen por lo que yo pasé", pero a veces poco a poco los llevamos a sentirse como nosotros. Es difícil, realmente difícil.
Ser madre puede llegar a ser un dolor de cabeza, aunque un dolor que vale la pena, cuando ves la recompensa. Lo sé por experiencia propia, porque a pesar de muchas cosas que no comparto vivo orgullosa de mis hijos y no me importa todo lo que he luchado para llegar hasta aquí, ni me importan los inconvenientes ni obstáculos que he tenido que pasar. Reconozco que ser madre no es nada fácil pero al mismo tiempo es maravilloso. Cuando van creciendo, con ellos también crecen los problemas, preocupaciones y dificultades, pero siempre tenemos que seguir ahí, por difícil que parezca... Mis hijos son diferentes en muchas cosas, en el carácter, en sus gustos, en su forma de pensar… pero para ser sincera les diré que yo amo sus diferencias, ambos son especiales.
El varón es cariñoso, conversa mucho conmigo (bueno, ya no tanto, pero aún lo hace), es un joven inteligente y lleno de vida, cada día me sorprende más con su madurez y personalidad, es serio, juicioso, sosegado… la hembra es un amor, habla menos que él, es más reservada, es una chiquilla que se roba el corazón de todo el que la conoce, es un cascabel, siempre bailando, cantando, sonriendo, muy pícara y dulce, es alegre, vivaracha, un poco alocada (en el mejor sentido de la palabra), ingeniosa... pero hoy por hoy hay cosas en cada uno que me preocupan de manera diferente.
A veces pienso que cuando yo tenía su edad era casi igual en muchas cosas. ¿Será genético? Pero no, no es la genética (que aunque muchas veces influye), es el medio que nos rodea que lamentablemente no ha cambiado, aunque ellos y nosotros en ocasiones pensamos que si. Ha cambiado en la libertad que hoy tienen los jóvenes y el modo de vida pero los seres humanos somos exactamente igual hoy que hace 25 o 30 años atrás. Sigue habiendo jóvenes sectarios, insensibles, buenos y malos. Es exactamente igual. Pero ¿cómo explicarles y que de verdad lo entiendan que esa juventud no es tan diferente, en ese sentido, a la que nosotros vivimos? Cuando intentas explicarles lo que va a pasar referente a una situación específica, ellos siempre contestan: "mamá no es lo mismo". ¿Y cómo lo convences de que sí? Que a pesar de la diferencia de época hay cosas que nunca cambian.
Soy una madre que de verdad quiero cumplir cuando digo la trillada frase de “no quiero que pases por lo mismo que yo” o “no quiero que pase nada que te lastime más”. Muchas veces nos sentimos tan sensibles y vulnerables que toda esa experiencia que tenemos, no sabemos utilizarla y cometemos el mismo error que hace 25 años cometieron nuestros padres.
Con respecto a mis padres yo me siento diferente, un poco más moderna, más contemporánea como dicen, abierta de mente, pero que va... siempre existe esa barrera que ni ayer, ni hoy, ni mañana podremos cruzar. Y sinceramente estoy algo cansada de tratar de complacerlos y sentir que no lo logro. De todas maneras creo que ante cualquier diferencia de criterio o forma de ver la vida desde puntos diferentes, debemos ante todo intentar el diálogo desde el amor y la comprensión y establecer una conversación rica y productiva que nos aúne en lugar de separarnos.
Las palabras encierran mucho más de lo que imaginamos. No es sólo comunicación. Las palabras bien avenidas crean sueños, ilusiones, pasiones, pero cuando no son adecuadas… Muchas peleas se deben a malentendidos comunicativos. Decir estupideces sin saber las consecuencias crea enfrentamientos evitables, pero la soberbia de algunos está por encima de su propia inteligencia. Lo malo de todo esto es que la falsa ilusión de creerse con la verdad absoluta en sus manos hace que esas personas terminen lastimando y lastimándose ellos mismos. En determinadas circunstancias, las palabras sólo consiguen incomunicar. Y después las recordamos como se recuerda el sabor amargo del aloe muchos días después de haberlo probado. La boca jamás logrará ser tan rápida como el alma y por eso que no todo lo que se cruza por la mente puede convertirse en palabras, ni lo merece...
El dolor de una madre a los ojos de los demás, es invisible, ella lo oculta bien aunque en mi caso no siempre puedo, pero al menos me lo callo. El dolor de una madre es grande, pero a pesar de todo, nunca será más grande que el amor que siempre le tendrá a sus hijos.
A pesar de algunas discrepancias. Mis hijos son mi sol, mi risa, mis ganas de despertar cada día… son lo mejor que la vida me ha dado. Definitivamente Dios me bendijo con los dos ángeles más hermosos que El ha creado y me los dio a mi para que me acompañen y me enseñen a ser madre. Solo puedo terminar diciendo que voy a seguir tratando de entenderlos y darle alegrías, así me lleve la vida en ello. A mis hijos les pido que me perdonen por tal vez no ser esa mamá que ellos desean. Trato de hacer lo mejor que puedo y con las herramientas que tengo. Pueden tener la certeza de que los amo por sobre todas las cosas.